El taller de escritura como "temenos"
Tesina del Master en Psicología Analítica Junguiana
por Beatriz Abelleira, Lic. en Letras

 

 

A medida que el conocimiento científico ha ido creciendo, nuestro mundo se ha ido deshumanizando. El hombre se siente aislado en el cosmos, porque ya no participa en la naturaleza y ha perdido su “identidad emocional inconsciente” con los fenómenos naturales que lentamente han abandonado sus implicaciones simbólicas. El trueno ya no es la voz de un dios colérico, ni el rayo su proyectil vengador. Ningún río alberga un espíritu, ningún árbol es la personalización de la sabiduría, ninguna caverna, la morada de un gran demonio. Ahora no hay voces que hablen al hombre desde las piedras, las plantas y los animales, ni tampoco él les habla con la convicción de que pueden oírle. Su contacto con la naturaleza se ha perdido, y con él la profunda energía emocional que le proporcionaba esta conexión simbólica.”

Carl Gustav Jung

 

 

 

1. Introducción

 

 

Durante la cursada en la carrera de Letras, siempre supe que mi lugar no estaría en los claustros académicos. No me sentía cómoda teniendo que ocupar el lugar de quien todo lo sabe, ya que cuanto más estudiaba más dudas y preguntas me rondaban. Recorro las páginas de la introducción a Psicología y Alquimia y leo las siguientes palabras del Carl G. Jung: “A quien la conciencia se lo permita puede decidir de manera violenta y de tal suerte, quizá sin proponérselo, alzarse a la categoría de arbiter mundi. Yo...prefiero el exquisito don de la duda, pues ésta deja intacta la virginidad de la manifestación inconmensurable.” Es reconfortante comprender gracias a las palabras de Carl G. Jung, un verdadero maestro, por qué antes de recibirme, inicié un peregrinaje por distintos talleres de escritura en los que sentía el placer de jugar con las palabras como lo hace un niño construyendo una torre de cubos de colores, armando distintas historias con sus héroes, heroínas y ayudantes, que tanto lo acompañan en su proceso de crecimiento y aprendizaje en las distintas etapas de sus primeros años de vida. Un peregrinaje, sí,  que me ayudó a reconocer el sentido de la formación que había recibido hasta entonces y a tomar impulso para rendir las últimas materias de mi carrera.

Algunos años después, inicié una experiencia con grupos de reflexión y de escritura a la que denominé – parafraseando a Marcel Proust un autor a quien admiro – “En busca del mito personal”. En mi experiencia como participante de talleres varios, había aprendido que el material autobiográfico asomaba en los escritos, pero era tarea del coordinador desalentar cualquier comentario que señalara la procedencia de dicho material como condición inexorable. Algunos participantes aceptaban esta modalidad de trabajo sin cuestionarla. Otros se retiraban de ese espacio en el que no lograban expresarse. Algunos de ellos no volvían a intentarlo. Fue, entonces, que comencé a reflexionar acerca de la escritura. Los que se sentían muy cómodos podían alejarse de las emociones, de los recuerdos, de lo vivencial y así ver facilitado su ascenso a niveles, llamémoslos, intelectuales. Los otros no tenían esa posibilidad. Necesitaban esparcir sus imágenes sin orden ni concierto y ver qué salía de allí. Necesitaban, tal vez, jugar con toda la seriedad que el juego conlleva. Tal vez, volver a reencontrarse con su niñito interior y hablar con él, hablar desde él. Poco sabían de desembarazarse de voces que estaban en ellos, que los atravesaban, que clamaban por expresarse, pero no se encontraban favorecidas en dichos ámbitos. En un principio, cada vez que me encontraba frente a una o uno de estos últimos participantes, le aconsejaba visitar distintos talleres para reconocer aquél en que podía adaptarse mejor. Hasta que un día llegó a mis manos un texto de Doris Lessing, una escritora inglesa, que distinguía en los escritos distintas voces. Ella se pronunciaba en desacuerdo con lo que serían los escritos polémicos o panfletarios. Y, en cambio, hablaba con entusiasmo de hallar en cada uno la pequeña voz personal. Creo que de eso se trata.


 

2. El espacio

2.1 El patio de los naranjos

 

 

Jardín (como temenos), Miniatura gótica, siglo XIV

 

Participar en talleres de poesía, de orientación docente y de narrativa me ayudó a formarme como coordinadora y tuve la suerte de encontrarme con distintos grupos que fueron alimentando una forma ritual de encuentro.

La primera vez que coordiné un taller fue en el año 1985. Estaba asistiendo, entonces, a un grupo de poesía e íbamos a realizar una experiencia conjunta en el Centro Cultural Recoleta. Eran las Jornadas de Creación-Escritura. Renata Schuseim exponía su original obra “Travesías”.  Una serie de cubos transparentes. En cada uno, un actor o una actriz improvisaba una escena alrededor de una silla, sentado sobre ella, mientras observaba atentamente una rosa o la deshojaba o la acariciaba sin dejar de mirarla. De fondo, música de Eric Satie. Esta muestra oficiaba como uno de los motivos que despertaban al público a la palabra en el Patio de los Naranjos. Algunas de esas personas aceptaban la invitación a tomar papel y lápiz e integrar una frase, una poesía, un texto narrativo breve. Y, así, en ese instante, - que muy probablemente aún recuerde – se convertía en incipiente escritor o escritora.

Es maravilloso asistir al nacimiento de un texto poético. Entiendo en este caso la poesía como poiesis en el sentido griego de creación, entre otros significados. De ahí, surge el nombre de poeta, evocador de las musas. Pero, ¿quiénes son estos personajes, amigas íntimas de las Gracias, quienes fueron bellamente retratadas por  Botticelli, pintor italiano del Renacimiento?

Existían dos grupos principales de Musas: las de Tracia, de « Piería », y las de Beocia, a las que se ubicaba en las laderas del Helicón. Las primeras, vecinas del Olimpo, son llamadas con frecuencia, en poesía, « las Piérides ». Guardan relación con el mito de Orfeo y el culto a Dioniso, que había logrado gran importancia en Tracia. Las musas del Helicón son colocadas bajo la dependencia directa de Apolo. Él dirige sus cantos en torno a la fuente de Hipocrene.

Existían aún otros grupos de Musas en otros países. Se encuentran a veces en número de tres solamente, como las Cárites, de un modo especial en Delfos y en Sición. Las Cárites - en latín, las Gracias (Gratiae)- son divinidades de la belleza, y tal vez, en su origen, potencias de la vegetación. Esparcen la alegría en la Naturaleza, en el corazón de los humanos e incluso en el de los dioses. Habitan en el Olimpo en compañía de las Musas, con las cuales forman a veces coros. Pertenecen al séquito de Apolo, el dios músico. Se representan generalmente como tres hermanas. llamadas Eufrósine, Talía y Áglae, tres jóvenes desnudas tomadas por los hombros; dos de ellas miran en una dirección, y la del medio, en la dirección opuesta. Su padre es Zeus; su madre, Eurinome, hija de Océano. A veces, su madre es Hera en vez de Eurinome.

Se atribuye a las Gracias toda clase de influencias sobre los trabajos del espíritu y las obras de arte. Han tejido con sus propias manos el velo de Harmonía. Acompañan gustosas a Atenea (diosa de las labores femeninas y de la actividad intelectual), así como a Afrodita y Eros, y a Dioniso. Desde la época clásica se impone la cifra de nueve, admitiéndose generalmente la lista que sigue: Calíope, la primera de todas en dignidad, después Clío, Polimnia, Euterpe, Terpsícore, Erato, Melpómene, Talía y Urania. Paulatinamente, a cada una se le fue asignando una función determinada, variable según los autores[1].

Asistida, entonces, por ellas, en 1985, cooperé por primera vez en el nacimiento simultáneo de los textos creativos de esos seres que pasaban por allí y se dejaron hechizar por la muestra, la música, espectáculos de danza y nuestra lectura de textos elegidos cuidadosamente para la oportunidad.

¿Por qué recuerdo el Patio de los Naranjos como el primer espacio en el que la palabra creativa aconteció en las circunstancias que antes describí? Un lugar al aire libre, un lugar excepcional. El contacto con la naturaleza y las expresiones artísticas lo elevaban a la categoría de bosquecillo sagrado, lugar fundacional. Un temenos, palabra griega que significa campo consagrado a una divinidad. Ese patio fue el inicio de un acto fundacional que cambió mi vida.

La exposición se realizaba en los pasillos que comunicaban las distintas salas de exhibición del Centro Cultural. Para ingresar al Patio había que atravesar una puerta. Todo aquel que osaba internarse allí ya no volvería a ser el mismo al salir. Cruzar el umbral significaba dejar atrás a los desprevenidos que deambulaban por las salas, salones y pasillos sin detenerse y, mucho menos, percibir  lo que sucedía.

La actividad se realizaba entonces en ese momento del día que llamamos la tardecita. El patio de los naranjos era un lugar abierto hacia un cielo estrellado. La consigna literaria, la posibilidad de pasar de un plano a otro de realidad. Y, allí mismo, aconteció el milagro. O, mejor dicho, en palabras de Jung: “...la incomprendida realidad del espíritu... que es lo único esencial”. Realidad, que sólo es posible lejos de la opinión, lejos de la doxa.  Milagro o instancia, en la que un individuo experimenta lo sagrado.

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2.2 ¿Qué es un temenos?
 

En la Antigua Grecia, existió una relación estrecha entre la arquitectura y la religión. La función principal de la arquitectura y otras artes como la pintura y escultura monumental -hasta aproximadamente el año 320 a.C. - fue de carácter público, ocupándose de asuntos religiosos y de la conmemoración de los acontecimientos civiles más importantes, como las competiciones atléticas.

Se pueden distinguir en la arquitectura y el arte griegos periodos artísticos que reflejan sus cambios estilísticos:: 1) periodos geométrico y orientalizante (c. 1100 a.C.-650 a.C.); 2) periodo arcaico (c. 660 a.C.-475 a.C.); 3) periodo clásico (c. 475 a.C.-323 a.C.); 4) periodo helenístico (c. 323 a.C.-31 a.C.).

El período clásico se centra fundamentalmente en Atenas y su Acrópolis. La ciudad  estaba al frente de una potente confederación marítima por el prestigio obtenido en su participación en las guerras médicas. Estaba por esto en el apogeo de su fama. Pericles, al frente de la política de la polis, buscaba darle una imagen monumental y se ocupó de la reconstrucción de los edificios destruidos por los persas. La sagrada colina de la Acrópolis tendría a partir de entonces un nuevo aspecto.

¿A qué se llamaba Acrópolis? A la ciudadela de la antigua Atenas se la denomina tradicionalmente la Acrópolis, (del griego, akros, "grande"; polis, "ciudad"), término original dado a toda fortificación natural o ciudadela en la antigua Grecia. Inicialmente, un lugar de refugio, la acrópolis típica era construida en una colina o promontorio que se elevaba sobre la región circundante. Debido a la protección así conseguida, la zona adyacente a la base de la colina era frecuentemente el emplazamiento de la ciudad. En ciertas ciudades se levantaban muros más bajos, cuando la acrópolis ya no era útil como bastión militar, y se utilizaban como emplazamiento para templos y edificios públicos. Construida en una colina de piedra caliza aproximadamente a 150 metros de altura, aún hoy domina la ciudad y guarda los restos de algunas de las muestras más admirables existentes de la arquitectura clásica, tales como el Partenón, un templo dórico; el Propileo, una enorme puerta de mármol en el oeste y entrada principal a la Acrópolis; el Erecteion, un templo famoso por sus excepcionales detalles jónicos y el pórtico de cariátides, y el templo de Atenea Nike. Estas obras maestras fueron construidas en la Edad de Oro ateniense durante el reinado de Pericles en el siglo V a.C.

 

Pórtico de las Cariátides, Erecteion

 

El Erecteion es un templo jónico construido hacia el 421-405 a.C. en la Acrópolis de Atenas. El pequeño pórtico del lado sur del templo, conocido como Pórtico de las Cariátides, muestra a seis figuras femeninas soportando un entablamento jónico. El templo, se denominó de esta manera a partir de Erecteo, un héroe mítico ateniense, y supuestamente marca el lugar donde los dioses griegos Atenea y Poseidón se disputaron el dominio de Atenas. Recordemos, entonces, la leyenda que cuenta que Atenea, diosa de la sabiduría, guardiana de ciudades y estados, un día riñó con Posidón, soberano del mar, el que hacía temblar la tierra sacudiéndola con su tridente. Ambos reclamaban la posesión del Ática. Zeus medió en el pleito y determinó que el país pertenecería a aquél que hiciese a sus habitantes la ofrenda más valiosa. Él ofreció su animal sagrado: el caballo. Ella, el olivo, planta consagrada a Atenea, que le valió la victoria. El primer olivo allí nacido se conservó como tesoro detrás del Erecteion. El olivo simboliza la paz, la fecundidad, la purificación, la fuerza, la victoria y la recompensa. La óleo-cultura hizo del Ática uno de los países más ricos de la antigüedad: el aceite era de gran importancia porque se usaba como alimento, para alumbrado y el aseo del cuerpo.

 

3 El espacio de taller como temenos

-         Dice Bachelard, en El soñador de palabras, El cuarto del poeta está lleno de palabras, de palabras que circulan en la sombra.

 

 

Mi intuición me decía que una palabra podía llegar a perturbar, a entristecer, a herir en lo más profundo así como, podía cumplir una función sanadora, valga la paradoja. Al descubrir los valores más trascendentes de lo humano, la palabra alienta a realizar lo más elevado y también lo más abyecto, a acercar lo que aparentemente es irreconciliable, a ayudarnos a transitar la polaridad, a operar la transformación creativa en el terreno simbólico...Cuando se intenta explicar un símbolo, se nos desliza como arena entre los dedos un sentido preciso, unívoco y, en cambio, como un duende travieso aparece y se esconde de una y mil maneras debajo de una piedra, detrás de un árbol, pero siempre dentro de un bosque que lo contiene. El bosque- texto sujeta entre sus sombras ese sentido y de este modo afirma su fuerza. Es el secreto lo que le permite ser, desplegarse, sin darse a conocer nunca totalmente...

Baste investigar un poquito en la simbología, para encontrar que un pueblo indígena, los dogón, distinguía dos tipos de palabras: la palabra seca y la palabra húmeda. Las palabras del primer tipo eran las que no tenían conciencia de sí. La palabra seca era la palabra indiferenciada. Está en el hombre como en todas las cosas, pero él no la conoce. Es del ámbito de lo inconsciente. Viene del pensamiento divino – dicen los dogón. Palabra húmeda es aquella que germina. Ellos creían que entraba por la oreja de la mujer y la fecundaba.

Para los griegos, palabra era logos, es decir, razón, idea y, también, sentido profundo de un ser. Decía Jaeger en su Paideia: “El logos, en su doble sentido de lenguaje y espíritu, se convierte... en el symbolon de la paideia[2].   En el taller, es la palabra seca, el logos lo que se pone en juego. Quien ha alcanzado “...un temenos  protegido, un recinto tabú en el cual  (le) es posible vivir la experiencia del inconsciente...” (Psicología y Alquimia, Carl G. Jung, página 75) inicia el camino de encuentro con el sentido profundo de las cosas y el. de su ser.

Esta palabra, también, es juego en varios sentidos. Entre otros, la palabra es juego en el sentido de ofrenda. Los que participan de un taller miden sus fuerzas en cuanto a la destreza y resistencia puesta en acción. Se podría decir que traspiran la camiseta como en el fútbol. Dice un dicho muy popular que en la escritura hacen falta un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de traspiración. Dice un texto alquímico: Estudia, medita, suda, trabaja, cuece... todo esto. Así se te abrirá un flujo... sanador...que brota del corazón del hijo del Gran Mundo” un agua que el “hijo del Gran Mundo nos da, y que mana de su cuerpo y de su corazón como una verdadera Aqua Vitae...” Y es de este modo, que quienes participan honran las fuerzas invisibles a las cuales dedican esta tarea. Los juegos aparecen siempre como una forma de diálogo del hombre con lo invisible. Y ya que el juego estimula la imaginación y la emotividad, el texto literario “...despierta las imágenes que yacen guardadas en el fondo de nosotros mismos...” (Gaston Bachelard, La poética de la ensoñación, página 294). La evocación nos devuelve a la infancia y “soñando con la infancia, volvemos a la cueva de las ensoñaciones que nos han abierto al mundo” (Gaston Bachelard, La poética de la ensoñación, página 155).

Dice Mircea Eliade que, en un principio, la primera definición que puede darse de lo sagrado es la que se opone a lo profano. “Las cosas consagradas sólo se revelan a los hombres consagrados; se halla vedado revelárselas a los profanos, mientras no se hallen iniciados en los misterios del saber”, dicen las palabras finales del Nomos hipocrático. Lo sagrado se manifiesta, dice Eliade. A esta manifestación de lo sagrado se la denomina hierofanía. Algo sagrado es lo que se nos muestra en ese campo consagrado a la divinidad o, como lo llamaban los griegos, en el temenos.


 

3. Coordinación

3.1 Guardianes de los cantos sagrados
 

Dice un cuento de Eduardo Galeano que si se te pierde el alma en un descuido, como el alma es más chiquitita que una hormiga, más tenue que un susurro no queda más que recurrir al sacerdote hechicero o sacerdotisa hechicera, por supuesto, un anciano o anciana sabia que es guardián o guardiana de los cantos sagrados.  La evocación me parece válida para referirme a la tarea de un coordinador o coordinadora en el proceso del taller antes descrito. El mismo cuento hace referencia al rastreo de la zona en que se produjo el fatal desprendimiento. ¿Dónde se cayó la vida? ¿Dónde quedó asustada?, se pregunta el autor. El guardián o guardiana de los cantos sagrados abre entonces su psique en respuesta a su vocación de servicio a un integrante o a los integrantes – si fuera necesario – de la comunidad que es el grupo con el cual trabaja. Recorrerá palmo a palmo el lugar imaginario abriendo las puertas de la memoria a través de las consignas, siguiendo los pasos del sujeto en cuestión para encontrar su alma que le será devuelta a su dueño o dueña en palabras poéticas que irán hallando su forma (narrativa, poética, teatral). Y así será que se renueva el ciclo. Y así será que el dueño que ha perdido su alma no morirá.  Renace en su fuerza, en su potencia y en su alegría a través de una tarea creativa. He aquí lo que denominaremos función sanadora de la escritura.


 

 

4. Método

4.1 Una experiencia que se hace camino...


Tradicionalmente, coordinador y participantes se comprometen a un encuentro semanal de dos horas en un lugar determinado, en el que el coordinador desarrollará un programa elaborado especialmente en relación a relatos que despierten a la imaginación y consignas, que habitualmente se fundan en técnicas, frases e imágenes generadoras, etc. que estimulen la producción de textos. De este modo, queda técnicamente descripta la situación de taller.  Y cuando hablamos de técnica nos referimos al sentido que se corresponde con la techné griega, es decir, el conocimiento del objeto destinado a servir al hombre y , por supuesto a la mujer, de modo tal que éste se realiza como tal saber en su aplicación práctica. Por eso el técnico es siempre un profesional cuya especialización implica una formación basada en postulados espirituales y éticos que lo guiarán en su tarea docente. Aparentemente, se trata de algo sencillo porque es un saber que se desarrolla a la manera de un juego.

¿Qué pasa con los que participan del taller, también llamados talleristas? Dice Marshall Berman, en su libro: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, página 113, en cuanto a la modernidad:  “Todo lo sagrado es profanado; nada es sagrado, nadie es intocable, la vida se vuelve totalmente desacralizada”.  Es lo habitual que los que participan de un taller sientan la tensión, el conflicto de estar aquí y allá. Es difícil sostenerse, entre la disputa cotidiana por la supervivencia y la propuesta lúdica del taller. En el libro antes mencionado, página 16, dice el mismo autor: “Las masas no tienen “yo” ni “ello”, sus almas están vacías de tensión interior o dinamismo: sus ideas, necesidades y hasta sus “sueños” no son suyos; su vida interior está “totalmente administrada”, programada para producir exactamente aquellos deseos que el sistema social puede satisfacer y nada más”. Muchas veces, me he preguntado por qué he visto pasar tantos “talentos” literarios por los talleres que he coordinado y, sin embargo, no continuaron escribiendo.

Es cierto que no todas las personas que participan de un taller de escritura lo sienten como un camino de autodescubrimiento, de autoconocimiento - porque también de eso se trata – al constituirse como una instancia superadora, más allá de la fama y la consagración literaria. Es decir, un espacio consagrado a la expresión y al desarrollo de la creatividad individual. Dice Jolande Jacobi, en su libro  Psicología de Carl G. Jung: “El hombre enfermo o vacío de sentido se halla con frecuencia ante problemas por cuya solución lucha en vano, a causa de que los grandes y más importantes problemas son insolubles. Y tienen que serlo, porque expresan la necesaria polaridad inmanente a todo sistema autorregulador. No pueden ser resueltos, sino únicamente superados. Esta superación de los problemas personales del individuo se manifiesta como elevación del nivel de conciencia. Cuando en su radio de acción penetra cualquier interés superior y más amplio, gracias a esta dilatación del horizonte, el problema insoluble pierde urgencia. El problema no se soluciona lógicamente por sí mismo, sino que palidece frente a una nueva y más intensa dirección de la vida... no es reprimido, sino mostrado a una luz diferente...”. Reencontrar una temática, un recuerdo, una etapa de la vida, una anécdota y reelaborarla desde una perspectiva diferente puede convertirse en una puerta abierta a lo desconocido de nosotros mismos. Optar por un final diferente para una historia es habitar un nuevo espacio de libertad. Escribir una carta – que de ningún modo enviaríamos - a un ser importante para nosotros contándole un secreto que no le confiaríamos de otro modo es la posibilidad de compartir una carga, aliviarnos y abrir un nuevo horizonte imaginario. Dice Jung que lo verdaderamente secreto no se hace en secreto, pero habla en secreto: se manifiesta por medio de imágenes de toda clase que aluden a su esencia – entendiendo el secreto como un asunto u ocasión conocidos únicamente por indicios, pero que son desconocidos en el fondo. Esto último hace referencia al corpus sutil, a esas imágenes de la fantasía, por lo general, inaprensibles que irán tomando forma a través de diferentes escritos. 

Contaré un proceso de escritura, a modo de ejemplo. Hace tiempo ya, coordinaba un taller que se reunía en el barrio de Montserrat. Era un grupo que se había constituido fuera del ámbito institucional que lo había reunido originalmente. Nos habíamos conocido en esa biblioteca, porque yo asistía, en forma discontinua, para cubrir las ausencias de la coordinadora oficial. Los integrantes del grupo producían espontáneamente uno o dos textos por clase, por lo cual era imposible aplicar la pauta prevista. La otra coordinadora los llamaba: los creativos. Empecé a coordinar oficialmente al grupo, cuando se autoconvocaron y eligieron como lugar de reunión una oficina en el barrio de Montserrat. Los creativos aceptaban de buen grado las consignas de producción. Esta modalidad del grupo de Montserrat me enseñó muchísimo. En principio, me ayudó a optar por alguna de las líneas trazadas de antemano en la pauta, a partir de la cual el grupo exponía posiciones diferentes sobre un tema. Todos desplegaban sus imágenes y sus ideas. Ya no me obstinaba y, en cambio, trataba de encauzar lo dicho hacia la escritura como estructura. Recuerdo, sobre todo, a dos de los integrantes: Germán y Norma. Germán había encontrado en la escritura un hobby que lo apasionaba. Él era jubilado y tenía mucho tiempo libre. Sus textos, al principio, narraban historias de su infancia en las que aparecían familiares o maestros de escuela. Germán usaba en esos textos la tercera persona, llamada también omnisciente o la que todo lo sabe.  Los textos eran eruditos, un tanto acartonados, en los que se echaba sobre aquellos personajes una mirada complaciente y comprensiva. Trabajamos mucho sobre ellos. En los primeros tramos de un taller, no se hace una intervención crítica sobre los textos para favorecer la expresión y la producción. En una segunda etapa, en cambio, se realiza la tarea de interpretación y análisis de modo tal que se lograran realzarse los personajes, párrafos o ideas más interesantes del texto. Al cabo de un tiempo, Germán pasó a la primera persona, también llamada confesional, y sus textos entraron en un ámbito onírico que le permitió dejar fluir imágenes fantásticas que enriquecieron sus textos de manera notable.

Norma, por su parte, era separada y trabajaba como secretaria en una empresa. Su hija estaba creciendo y se estaba quedando sola por ese tiempo. Sus textos rondaban un tema interesante: los niños anotados como legítimos en la libreta de casamiento de parejas que no podían tener hijos y viajaban a la provincia de Santa Fe para facilitarse de esta forma la adopción que en Buenos Aires era muy difícil. Sus textos narraban una y otra vez esta situación a través de una serie interminable de personajes y anécdotas. Tiempo después nos enteramos de que su familia se ocupaba en esto y ella había crecido en estas historias. Muchos bebés habían sido alimentados y cuidados por ella cuando era muy chiquita. Su propia hija era adoptiva. Al principio, a Norma le costaba mucho encontrar la coherencia en sus textos. Más que relatos parecían apuntes de ideas. Sus textos se vieron favorecidos fundamentalmente por un tipo de consigna que estructura introducción, nudo y desenlace. La estructura le dio el apoyo para que el desarrollo de ideas lograran conectarse, interrelacionarse de modo tal que sus textos alcanzaran coherencia y dimensión poética.

En ambos casos, el proceso de escritura sufrió una transformación.Todo lo humano es relativo, porque todo descansa en oposición interna, puesto que todo es fenómeno energético.” (Lo inconsciente, C. G. Jung). Como en la alquimia, el proceso fue lento y trabajoso. Los integrantes del taller aprendieron a expresar qué ayudaría al texto de sus compañeros. En el grupo, circulaban las ideas para enriquecer y mejorar los textos. La empresa llegó a buen fin. Nuestra tarea común con el grupo de Montserrat valió la pena. “La transición de la primavera al otoño es una inversión de los antiguos valores. La necesidad nos obliga a considerar el valor de lo opuesto a nuestros primeros ideales, a reconocer la falsedad de nuestras anteriores verdades y a sentir cuánto odio latía en lo que antes nos parecía amor...” (Lo inconsciente, C. G. Jung)

 

4.2 El proceso de transformación
 

Una lectura apropiada. Una consigna: dejar fuera del taller todo lo que resulte inapropiado o bien que esté de más y, si esto no fuera posible, integrarlo en su sentido. Favorecer el despertar de la imaginación. “James Hillman... subraya...el anima como “guía del alma”, representación de esa parte nuestra que puede enseñarnos a estar sobre el mundo no sobre la base de la conciencia racional del ego, sino a partir de la imaginación” (Espejos del Yo). Convocar a Mnemosine,  la memoria. Recordar...volver lo olvidado a la memoria... para los griegos, Lete, el Olvido, era hermana de Éride, la Discordia y madre de las Cárites, las Gracias. Ella había dado su nombre a una fuente: la fuente del olvido, situada en los mundos subterráneos para que de allí bebieran los muertos para olvidar su vida terrestre. Del mismo modo, en la concepción de los filósofos de los cuales se hará eco Platón antes de volver a la vida y hallar otra vez un cuerpo, las almas bebían de este brebaje y olvidaban lo que habían visto en el mundo inferior. Emerger  ...anmnhsiV (anamnesis), en el sentido platónico de reminiscencia

Dice Platón en el Menón (97e-98a):

“...también las opiniones verdaderas, mientras permanecen quietas son cosas bellas y realizan todo el bien posible; pero no quieren permanecer mucho tiempo y escapan del alma del hombre de manera que no valen mucho hasta que uno no las sujeta[3] con una discriminación de las causas (aistiaV logimoi, aistias logimoi: “secuencia causal, razonamiento fundado en la causalidad o consideración del fundamento). Y ésta es la reminiscencia, como convinimos antes” – habla Sócrates.

85 c (conversación luego de la comprobación con el esclavo)

-         Y, sin embargo, como dijimos, hace poco, no sabía. – dice Sócrates.

-         Es verdad. – responde Menón.

-         Éstas opiniones, entonces, estaban en él, ¿o no?

-         Sí.

-         El que no sabe, por lo tanto, acerca de las cosas que no sabe, ¿tiene opiniones verdaderas sobre eso que efectivamente no sabe?

-         Parece.

-         Y estas opiniones que acaban de despertarse ahora, en él, son como un sueño. Si uno lo siguiera interrogando muchas veces sobre esas mismas cosas y de maneras diferentes, ten la seguridad de que las acabaría conociendo con exactitud, no menos que cualquier otro.

-         Sí.

-         Y este recuperar uno el conocimiento de sí mismo, ¿no es recordar?

-         Por supuesto.

-         El conocimiento que ahora tiene ¿no es cierto que o lo adquirió, acaso, alguna vez o siempre lo tuvo?

-         Sí.

-         Sí, pues, siempre lo tuvo, siempre ha sido un conocedor; y si, en cambio, lo adquirió alguna vez no será por cierto en esta vida donde lo ha adquirido.

El verdadero conocimiento, para Platón, está en el hombre. No se inscribe en él. Está en él. El desplazamiento del alma por el topos uranus – antes de entrar en este mundo - será el viaje de reconocimiento, si se me permite,  de lo que Jung llama arquetipos. El propio Jung dice que un niño recién nacido no es una tabula rasa y en esto coincide con el pensamiento platónico.

Convocar “...las imágenes de la fantasía, como algo corpóreo, como un corpus sutil de naturaleza semiespiritual”. Convocar la palabra, a la que Gastón Bachelard describe de este modo: “Las palabras – lo imagino con frecuencia –son casitas con su bóveda y su desván. El sentido común habita en la planta baja, siempre dispuesto al “comercio exterior”, de tú a tú con el vecino, con ese transeúnte que no es nunca un soñador. Subir la escalera en la casa de la palabra es, de peldaño en peldaño, abstraerse. Bajar a la bóveda es soñar, es perderse en los lejanos corredores de una etimología incierta, es buscar en las palabras tesoros inencontrables. Subir y bajar, en las palabras mismas, es la vida del poeta. Subir demasiado alto, descender demasiado bajo son cosas permitidas al poeta que une lo terrestre y lo aéreo.” (La poética del espacio, Los rincones)

Clase a clase se irán hilvanando las consignas, elegidas de tal modo que faciliten esta evocación, el recuerdo vago o anamnesis, en este recinto tabú o temenos en el que sólo se atiende al proceso de escritura y la participación del grupo, fundamental para el que escribe. Y es en este proceso en el que los textos tomarán una dirección, nos guiarán en un sentido. Esto significa que irán desocultando su para qué, su finalidad. Será, entonces, que cumplirán para el que asiste al taller con lo que Jung denominó la función trascendente o, dicho de otro modo, un acuerdo entre conciente e inconsciente.

 

4.3 La función sanadora de la palabra y de la escritura

Busquemos entre los dioses griegos a la figura del sanador. ¿Quién era el dios de la medicina entre los griegos? Apolo, dios de la profecía y de la música, es padre de Asclepio, dios de la medicina, para los griegos,– Esculapio, para los romanos. Apolo fue un dios enamoradizo que sedujo a Corónide en ausencia de su padre. Ella era mortal. Temió, entonces, que en su vejez Apolo la abandonara y buscó refugio en el amor de un mortal, Isquis. Apolo al enterarse la mató para vengar su infidelidad, pero antes rescató al niño que aún no había nacido. Luego lo envió a estudiar con el centauro Quirón de quien aprendió el arte de la medicina y llegó a superar a su maestro. Tuvo por esposa Epona, la dulce. Y fue padre de cinco hijos: Higia, la Salud, Yaso, la Curación, y Panacea, la que cura con hierbas.

Asclepio es héroe y al mismo tiempo dios. Tuvo tal dignidad que, incluso, superó a su padre. Era tan virtuoso que llegó a resucitar muertos, razón por la cual Zeus lo fulminó con su Rayo. Y, Apolo, ciego de ira y de dolor por la muerte de su amado hijo, como no podía vengarlo en el propio Zeus, mató a  los Cíclopes, que le habían otorgado el poder de la victoria al hacerlo poseedor del Trueno, el Relámpago y el Rayo.

Creían los griegos que quien se enfrentaba a la adversidad había ofendido a los dioses. Su tarea era descubrir a qué dios había ofendido y debía dedicarle sus ofrendas de tal manera de volver a merecer sus favores. Ofender a los dioses implicaba caer nuevamente en el estado de Necesidad – para los griegos, Ananke, una divinidad “sabia” ya que personificaba a la obligación absoluta de la fuerza coercitiva de los fallos del Destino, por lo tanto, una divinidad de la muerte: la Necesidad de morir, la conciencia de la limitación, la conciencia de ser mortal. La caída, en esta concepción, respondía a su Hibris,  personificación del Exceso y la Insolencia y madre o padre – según las tradiciones – de Coro, la Saciedad. En los poetas griegos, sobre todo en los trágicos, Ananke es la encarnación de la suprema fuerza, a la que incluso los dioses han de obedecer. Y es esta suprema fuerza que nos asiste en la adversidad y frente al dolor existencial que implica la conciencia de finitud. Esta conciencia de finitud es la que actualizamos, cada vez, frente a la página en  blanco que representa un vasto universo por conocer y construir. 

Quisiera referir la historia de Elsa. Ella empezó hace alrededor de siete años en el taller. Elsa tenía una vida dedicada a sostener a su esposo y realizar las tareas domésticas. Éste era todo su mundo. Pero soñaba con realizar una carrera universitaria. Había estudiado para maestra de Jardín de Infantes y había trabajado hasta que quedó embarazada de su segunda hija (luego quedó embarazada tres veces más). Cuando llegó al taller sus hijos ya estaban criados - los más grandes ya habían entrado en la Universidad. – y ella cursaba sus materias en la facultad de Filosofía y, si bien era muy buena alumna, esta tarea resultaba ser un conflicto muy desgastante para ella y su familia. Sus primeros textos se orientaban hacia lo que se conoce como novela familiar o su historia de vida, poblada de personajes muy interesantes. Como cierre de un ciclo de taller Elsa tuvo un sueño y lo escribió bajo este título: “A vos que me leés”.  En el sueño, aparecía, por un lado, un esposo que quería asesinarla y ella huyendo de él, aunque, finalmente, terminaba mutilada. Luego volvía a aparecer ella misma reuniendo sus fragmentos y abrazándose una a otra ambas imágenes de sí misma. Elsa trabajó también con algunos relatos en los que narraba historias ficticias de mujeres que hallaban una salida laboral que les permitía ver de otro modo su problemática afectiva. Luego de estos trabajos, Elsa dejó el taller. Este año retomó sus clases, luego de haber terminado la carrera de Mazo-terapeuta y de haber empezado a trabajar con pacientes en esta nueva actividad. Ella reconoció que tenía que empezar de nuevo partiendo del sueño. En un primer ejercicio que llamo “la cartulina” (se recortan fotos de revistas y diarios y se pegan en una hoja), Elsa mostró una imagen central de escritora y alrededor imágenes de mujeres muy entrenadas escalando una montaña. Las imágenes no tenían relación entre sí, no estaban comunicadas. La siguiente consigna consistía en escribir una historia acerca de uno o varios de los personajes de la cartulina. Pero sucedió que esta consigna no logró cumplirla. Después sucedió que recuperó todos los textos escritos anteriormente y recién logró retomar su voz personal. Los textos fueron retomando esa imagen negativa de su animus de la que había huido en uno de sus textos. Alternativamente, fueron apareciendo otras imágenes que van desde un hombre interior   dormido hasta el médico que sana a su enferma a través del amor. Antes de irse de vacaciones, le sugerí como tarea que fuera escribiendo lo que yo denomino “las otras cartas”, es decir, en términos alquímicos, una meditatio “cuando se mantiene un diálogo íntimo con alguien que, sin embargo, es invisible...”. Es  posible que “las otras cartas” la ayuden a iniciar el camino de reencuentro con su hombre interior en su calidad de espíritu guía.

 

Las Gracias en el Detalle de la Primavera de Boticelli


 

5. CONCLUSIONES
 

1.      Mi experiencia en la coordinación de talleres de escritura me ha permitido reconocer su valor y su importancia en el proceso de individuación de los que asisten.

2.      En primer lugar, porque el taller propone un encuentro en un tiempo y espacio determinados, para suspender el tiempo y el espacio reales y acceder a otra dimensión.

3.      El taller de escritura es un espacio en el que acontece una palabra despojada de su sentido utilitario y gastado, una palabra que abre el imaginario y da lugar a un corpus sutil .

4.      El taller de escritura es un témenos, en el sentido, de un espacio consagrado a la divinidad, en la posibilidad que brinda de expresión al individuo y a la palabra. Y, por lo tanto, a la posibilidad de que ocurra la reunión de antagonismos que implican al símbolo de la individualidad.

5.      En este ámbito sucede, entonces, una transformación durante el proceso de elaboración de los materiales que facilitan una respuesta de escritura a las consignas formuladas por el coordinador o - a quien me permitiré llamar - el guardián de los cantos sagrados..

6.      Y, en este proceso, que no es lineal sino cíclico se irá mostrando el sentido, la dirección de la escritura (y en ella, las imágenes arquetípicas), de modo tal, que se realice en éste lo que Jung ha llamado la función trascendente.

7.      Por último, he destacado la función sanadora de la palabra y de la escritura en cuanto reabre las puertas que ocultan la herida existencial y nos permite superarla, en el sentido junguiano de este término, es decir, facilita  la elevación del nivel de conciencia. 

 

 

 

6. Bibliografía

 

  1. Paideia, Werner Jaeger, Fondo de Cultura Económica.

  2. Menón, de Platón.

  3. La poética del espacio, de Gaston Bachelard.

  4. La poética de la ensoñación, de Gaston Bachelard.

  5. Diccionario de Mitología Griega y Romana de Pierre Grimal.

  6. Enciclopedia Encarta ‘ 97

  7. Diccionario de Símbolos de Chevalier

  8. Diccionario de Símbolos, de Eduardo Cirlot

  9. Lo inconsciente, C. G. Jung

  10. La función trascendente, Carl G. Jung..

  11. Psicología y Alquimia, Carl G. Jung

  12. Arquetipo e inconsciente colectivo, C. G. Jung

  13. Jung y el Tarot, Sallie Nichols

  14. Psicología de Carl G. Jung,  de Jolande Jacobi.

  15. Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman.

  16. Amares, de Eduardo Galeano  

  17. Lo sagrado y lo profano, de Mircea Eliade

  18.  El mito del eterno retorno, de Mircea Eliade

  19. La pequeña voz personal, de Doris Lessing

  20. Espejos del Yo, Edición a Cargo de Christine Downing.



[1] Calíope la poesía épica; Clío, la Historia; Polímnia, la pantomima; Euterpe, la flauta; Terpsícore, la poesía ligera y la danza; Erato, la lírica coral; Melpómene, la tragedia; Talía, la comedia; Urania, la astronomía.
Las Musas no poseen ciclo legendario propio. Intervienen como « cantoras » en todas las grandes fiestas de los dioses.

[2] En términos griegos, cultura.
[3] Asociación: sujetar, sujeto, mano.