DESPERTAR
 Beatriz Abelleira.
 

Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no puede hacer nada, no comprende nada. Quien nada comprende, nada vale. Pero quien comprende, también ama, observa, ve... Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor... Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas, nada sabe de las uvas.
PARACELSO

 Alejandro me llamó a fines de agosto del año pasado para iniciar conmigo la práctica de un taller de escritura. Me une a su terapeuta una amistad, desde hace unos años. Ella estaba al tanto de que yo coordino talleres de escritura hace tiempo y que en junio del 2003 había iniciado el postgrado en la Fundación. La Dra. Scopp - tal es su nombre - me convocó para la tarea de trabajar con un chico “muy difícil”, como lo definió ella misma, en quien había aparecido el deseo de escribir un libro.

Según la impresión que me transmitió Alejandro en la primera charla telefónica que tuvimos, yo consideré que él había realizado una ardua tarea de investigación sobre el tema de la totalidad expuesta por David Bohn en uno de sus libros.

Mi sorpresa fue grande, en la primera entrevista, cuando descubrí que Alejandro estaba atrapado en una maraña de conceptos que no le pertenecían y que calaban tan profundamente en su alma que sólo lo aliviaba transcribirlos en hojas de carpeta escolar, rayadas.

Primera sorpresa. La modalidad de trabajo que siempre había desarrollado, con Alejandro, era impracticable. Estaba aferrado a sus citas.

Por otra parte, hablaba con él y aparecía más como un adolescente que como un joven de 29 años (esta era, en ese momento, su edad cronológica).

Seleccioné, entonces, de tal maraña, un texto al azar: “ Sensibilidad implica vulnerabilidad. – así expresa el título – Uno es sensible a sus reacciones, a mi bloqueada existencia, a mis heridas. En este estado de vulnerabilidad hay interés propio y existe la capacidad de ser lastimado. La fuerza de la vulnerabilidad no es egocéntrica, es como la hoja fresca de la primavera que puede soportar fuertes vientos y florecer. Carece de un centro como el yo (la vulnerabilidad, agrega Alejandro entre paréntesis).” Según me dijo él mismo más adelante, esta cita de de Krishnamurti.  Al leer la cita, no reconocí de inmediato el cambio del impersonal a la primera persona (en el subrayado). Sin embargo, reconocí que, en esas frases y, en otras que leí al azar, Alejandro decía mucho acerca de sí mismo. Algún tiempo después, él habló en más de una ocasión de la herida que la relación con su padre le había provocado, de sus dificultades de relación con él, confesó que él había sentido en la niñez que no lo quería su madre. Estos comentarios no son frecuentes en los grupos de taller de escritura, por lo menos, los coordinadores están entrenados para no darles lugar. Sin embargo, en mi experiencia, aparecieron, muchas veces, referidos por compañeros o repetidos una y otra vez en los textos, a modo de obsesión.

Intenté, en un primer encuentro, ampliar las citas y estimular la expresión de una voz personal. Le propuse a Alejandro que fuéramos encontrándola de a poco.

Pasé, entonces, a trabajar con las pautas conocidas. Le  propuse, como consigna, describir su mañana, al despertar. El ser, dice Gaston Bachelard en El agua y los sueños, es antes que nada un despertar. Dijo textualmente: “Me levanto pensando en lo que estuve leyendo el día anterior: Cualquier forma de pensar acerca de la totalidad, indica una manera de considerar todo nuestro contacto con la realidad y, por consiguiente, afecta a cómo podemos actuar en ese contacto. Luego, me preparo una malta, miro un poco de televisión o escucho música, agarro algún libro y me voy con el libro a algún lugar.”

Para la siguiente clase, le di dos consignas:

  1. Describir un objeto.

  2. Narrar la relación con alguien muy querido para él.

La primera consigna no pudo realizarla; en cuanto a la segunda, la narración no era posible, porque Alejandro tiene una relación muy especial con su gato, Felipe. Una relación que prácticamente depende de sostenerse la mirada uno al otro y a él lo embarga una emoción que lo deja sin palabras.

Preparé, para el segundo encuentro, lecturas y consignas e intenté motivarlo de esta manera.
Mi entusiasmo me llevó a preparar una lista de 9 textos breves, cuyos títulos iban desde La función del arte  hasta Si se pierde el alma en un descuido... Le leí el primero de estos títulos, en ese segundo encuentro. Es un hermoso texto de Eduardo Galeano, de El libro de los abrazos en el que un padre lleva a su hijo a conocer el mar y el hijo, que quedó mudo de hermosura, le pidió: Ayúdame a mirar. Nada, ningún indicio que me hiciera pensar que el texto lo había conmovido. Pero una sonrisa se dibujó en su rostro y me dijo: Está bueno.

Descubrí que el ritmo de Alejandro es lento, que lo que en otros grupos hubiese sido suficiente para  encauzar una copiosa producción, en Alejandro era apenas una brisa, una cosquilla.  El texto de Alejandro no mentía: él no podía superar su bloqueo.

Los encuentros fueron sucediéndose. Él me dejaba, en cada uno, un número variable de hojas que
fui guardando en una carpeta con la siguiente consigna: “una vez que se haya hecho presente tu voz personal, cuando comiences a expresar tu propio pensamiento, entonces, intentaremos dar una forma integrada a todos los textos, propios y ajenos”. Por otra parte, yo me había comprometido a leer lo que me dejaba. Y, poco a poco, también fui descubriendo pequeñas perlitas. Dos cartas: la primera a Krishnamurti, a quien Alejandro considera su padre espiritual. La segunda, a su padre biológico. Esta segunda carta provocó una respuesta de su padre  ya que él inició una terapia, lo que estaría hablando de un intento de mejorar su relación con su hijo. Le hice notar a Alejandro la importancia de este hecho.

Cuando el bloqueo hacía imposible el trabajo con consignas, tomé de una de las clases de teoría, el siguiente ejercicio:

De una frase que él mismo trajo a clase, le pedí que eligiera dos palabras.

“Al considerar la naturaleza física de la respuesta de la memoria...”

De esas dos palabras seleccionadas, le pedí que diera cuatro asociaciones para cada una.
El confeccionó las siguientes listas de asociaciones:

Naturaleza: Vientos: fuerza

Sol: calor, velocidad

Luna: espacio                                                                PERSONA

Amor: pasión, ocasión

Memoria                                                                          ACCIÓN

Célula: membrana

Función: acción, órgano

Impresión: forma                                                          TOTALIDAD

Imagen: representación, Teoría

Por este trabajo de reducción, llegamos a una palabra que él debía integrar en una oración:

La acción como algo relevante e indispensable para la armonización del cuerpo del cuerpo, mente y espíritu.

Dice Rachel Pollack en Los setenta y ocho grados de sabiduría del Tarot:  “...Cuando una persona se compromete con el mundo exterior, padece la ilusión falaz de que está llevando una vida basada en el principio activo. Esto se debe a que confundimos el hacer cosas con la acción... La verdadera acción, por oposición al movimiento sin sentido, aporta siempre significado y valor a la vida; una acción tal proviene del entendimiento...la verdadera acción emerge del conocimiento de sí” Alejandro se ha entregado a esta tarea con rigor y disciplina y debe enfrentarse con prejuicios y espejismos que lo alejan de su camino. Pero si como dice Bachelard, el ser es antes que nada un despertar, de a poquito se va abriendo paso en la mañana. Y en este abrirse paso se va descubriendo, que no es poco.

Clase tras clase, fueron sucediéndose textos poéticos, reflexiones, un texto en estilo cortazariano.
Respuestas a la consigna de recuperar una voz propia que, en algunos casos, estaban señaladas con un cartel que las distinguía del resto. Confieso que me complacía acompañar este proceso. Por fin, encuentra palabras y dice sobre su gato:
Mi pie recorre la inmensidad del cuerpo de Felipe.

Poco tiempo después, en uno de los encuentros, Alejandro me presentó el siguiente texto: “Durante mucho tiempo, me dispuse a acumular conocimientos de otros; ahora, me dispongo a considerar sensiblemente y con cuidado esas ideas y, simultáneamente, dejo aflorar mi voz propia, sentimientos y sensaciones, les doy lugar y los invito a que me acompañen, no los excluyo, los incluyo a mi ser; hago esto sensiblemente, considerando la totalidad.” Reconocí en estas palabras un principio de compromiso, un principio de autodominio en el que Alejandro podía poner en palabras su sensibilidad e, incluso, sus heridas y se lo hice notar. Alejandro se entregó dócilmente a iniciar un camino que aún no veía con claridad, pero en el que podía ir expresando el dolor que guarda su corazón.

En uno de sus textos, expresó su temor, su temor a caer. Me recordó un sueño que tuve antes de conocerlo: Estaba yo con mi hijo en lo alto de una montaña y se abría ante nosotros un camino muy angosto. Tuve miedo, mucho miedo de tomar ese camino. Algo me decía que el sueño tenía que ver con el trabajo que estaba encarando con Alejandro. Leo en un texto de Mario Satz, “El cuerpo y sus símbolos”: ...el ciervo, el avestruz y el camelopardal (jirafa), criaturas amables y de espíritus sutiles, tienen cuerpos esbeltos y cuellos largos para demostrar que los espíritus delgados y sutiles deben ser atraídos a través de un conducto mucho más largo y ser elevados para su purificación. El camino que se abría ante nosotros era estrecho y, para mí, nuevo. Había decidido, sin embargo, no transitarlo sola. Recurrí entonces al consejo de la Lic.Mariana Dama y llevé, a mis clases de los miércoles, el material de mis encuentros con Alejandro.

Un comentario de mis compañeros me ayudó mucho e intenté el primer collage: le entregué un trozo de cartulina amarilla, revistas distintas, tijeras y goma de pegar. Lo que resultó fue muy interesante. Si la dividiéramos en cuatro, Alejandro ocupó el rectángulo superior del lado izquierdo casi por completo.  Las imágenes: un paseo en un gomón por un lago a orillas de una montaña, un grupo de personas en un transporte aéreo por la ladera de la montaña, en penumbras, una pareja y, más allá de ellos, en el centro de un lago, un bote. Dos personas cruzan el lago en bote. Un palacio árabe visto desde un patio interior. El palacio se refleja en una piscina. Separado hacia la derecha, dejando un espacio, dos mujeres muy parecidas se ríen cómplices. Maradona patea la pelota con toda su alma. Entre ambas, en el centro, una imagen compuesta: una pareja unida y la única palabra: la boda. Y una imagen de mujer danzante en el centro. Si el psiquismo humano se formula primitivamente en imágenes, es posible que el primer collage hable, entre otras cosas, de los deseos y temores de Alejandro, de los bloqueos y de la fragmentación que es un leit-motiv en sus escritos. Un comentario de la Lic. Rosario Sisca me ayudó a completar la idea: Alejandro ocupó sólo la parte superior de la cartulina. Como, en su vida cotidiana, todo se desarrolla en su mente. Tiene dificultades para relacionarse con su familia, no tiene amigos ni relación con sus compañeros de trabajo.

Al tiempo, me confió que había hecho un tratamiento en psicología transpersonal en el que había registrado sus sueños por escrito, pero que, desde entonces, no soñaba más. El remite a este análisis el fin de una etapa de su vida, el comienzo de su camino espiritual. Le pedí ese material para que lo trabajáramos en el taller, pero me respondió que su anterior terapeuta se había quedado con todo eso. Decidí, entonces, trabajar con imágenes. Dice Bachelard: La imaginación del hombre es una estrella que es excitada en el universo del hombre por un objeto externo. Tomé, al azar, un catálogo de pinturas y grabados de artistas tucumanos.

Alejandro eligió la siguiente imagen. Dice Jung, en Lo inconsciente: “La acción de las imágenes inconscientes tiene algo de un sino. De ellas puede decirse: Volentem ducunt, nolentem trahunt (al dócil lo llevan, al rebelde lo arrastran). Acaso -¿quién sabe? – estas imágenes eternas sean lo que se llama Destino.”

Un maestro, en el centro. Su discípulo venerándolo. Una cruz marca ese centro. En la base, una mujer domina a su hombre por la espalda. Tres máscaras infantiles. Dice Jung, en Lo inconsciente: “De la feroz ley de la enantiodromía sólo escapa quien sabe desprenderse de lo inconsciente, no reprimiéndolo (pues entonces se verá cogido por la espalda), sino afrontándolo resueltamente como algo distinto de sí mismo.

Varios meses después Alejandro referirá una situación compartida con sus padres, una situación feliz. Los tres jugando como niños, los tres arrojándose al mar como niños alegres y despreocupados. Alejandro puede recordar momentos felices con sus padres. Pero él les reclama límites, decisión, sinceridad.  Y se pregunta qué le piden ellos a cambio de lo que le dan. Por primera vez, se formula esta pregunta. E, inmediatamente, aparece otra: “qué hago yo en este lugar”.

Un texto suyo dice así: “¿Dónde estoy? ¿En qué sentido? Considero que estoy considerando muchas cosas a la vez. Estas son cuestiones que me interesan. Están consideradas desordenadamente. No sé si es esto que están consideradas con desorden o si es que el campo de interés es amplio. Es amplio; estas cuestiones son de religión, formas de lenguaje y una investigación profunda en la naturaleza del pensamiento, en su movimiento y origen. La cuestión de la inteligencia es otra (cosa) que me interesa.

Estoy investigando lo que implica la exigencia, una cuestión que me concierne. Estoy también considerando la posibilidad de crear algo, la creatividad es otra cuestión que me interesa. Estoy observando mi acción en el taller (trabaja en el taller de bijouterie del padre). Por otro lado, estoy bien, me siento bien, creo que estoy haciendo lo que corresponde”

Esta  primera imagen movilizó, por otra parte, algunos recuerdos violentos en una relación de pareja que mantuvo Alejandro, durante dos años.

En la clase de los miércoles, Mariana reconoció, a través de mi relato, el conflicto y me sugirió que trabajara con imágenes positivas. Alejandro eligió esta segunda imagen:

Si bien Alejandro al hablar de su conflicto se refería a la imagen de su padre, algo me decía que la relación con su madre ni siquiera podía ponerse en cuestión. Por eso, investigué en su carta natal. Empecé por darle un material de lectura acerca de su luna en Leo.  Este material despertó vivamente su interés. Acto seguido, me pidió que le fotocopiara un material acerca de su sol, en Capricornio. Las lecturas estimularon su interés por conocerse a sí mismo.

Le aclaré que no soy astróloga. Simplemente, me interesan mucho esos temas y, hace unos años, escribí horóscopos para una revista, por lo cual compré muchos libros e hice cursos para guiarme en esta disciplina..

El interés de Alejandro seguía creciendo y compró su primer libro de astrología. Le propuse hacer una experiencia de Escritura y Astrología. y él aceptó. Se trata de un recorrido por las doce casas astrológicas, a través de un cuestionario que yo misma confeccioné, por medio del cual Alejandro va relatando su propia historia.

Al poco tiempo de iniciado el trabajo, logró establecer una primera relación significativa con una compañera de taller de bijouterie. Inició una amistad. Alejandro rompió el cerco y salió de su aislamiento. Ya no depende de sus padres en este sentido. Sólo los amigos de ellos eran sus amigos. Esta experiencia de escritura, este viaje, le dará una nueva base mandálica para continuar. Alejandro había hecho, un tiempo antes. un dibujo en el que había marcado con una cruz el centro de un círculo. Él era esa cruz. Otras tres cruces (su familia) giraba a su alrededor. Alejandro aceptó el desafío de salirse del centro.

Ya estamos transitando un trabajo final que será un mandala, su mandala. Aparecen más preguntas, sus dudas, su indecisión. Se pregunta qué lugar ocupó hasta hoy junto a su madre (A veces, me parece que soy como el marido, llegó a decir). Por primera vez, se anima a ver esta posibilidad. Se permite pensarlo. 

Aparece nuevamente en él, el deseo de hablar con Vanina, su exnovia. La llama el 31 de diciembre, pero ella estaba en compañía de su novio actual. Tuvieron una charla muy corta, porque Vanina se sintió muy incómoda y se lo hizo saber. Él se ofendió muchísimo, al punto de sentir que ella lo había tratado como una basura. Entre las imágenes elegidas, Alejandro tomó la siguiente para mostrar cómo veía a Vanina:

La pregunta de la Casa X – que, según Melanie Reinhart, en Significado y simbolismo de Quirón, es la que describe los problemas con los padres – era la siguiente: “¿Existe alguien que me esté enseñando algo muy importante para mi vida? Descripción.” Alejandro escribe lo siguiente: Creo que hay una persona que me está enseñando algo muy importante. Esa persona es Beatriz. Ella me enseña a ver la vida desde otro lugar, a la vez coopera en ese sentido, a ver la vida con otros ojos. Me enseña a ver que existen otras cosas por las cuales la vida tiene valor. Podría decir sin exagerar creo que me enseña a amar, a ver.

Cuando llegué a ella tenía una visión determinada, casi cerrada. Ella cooperó en el sentido de ampliar esta visión, de expandirla en camino ¿hacia lo total? No quiero exagerar; puede que vaya demasiado rápido.

Estoy contento por haberte conocido y por enseñarme estas cosas que tenía por aprender...”  Dice Jolande Jacobi, en La psicología de Carl G. Jung:: “Esta superación de los problemas personales del individuo se manifiesta como elevación del nivel de conciencia. Cuando en su radio de acción penetra cualquier interés superior y más amplio, gracias a esta dilatación del horizonte, el problema insoluble pierde urgencia,... palidece frente a una nueva y más intensa dirección de la vida...no es reprimido, sino... mostrado a una luz diferente...”

En  la Casa XII, en la que según Dane Rudhyar, el individuo consolida sus triunfos en la semilla de un nuevo ciclo de crecimiento o afronta los resultados acumulados de sus fracasos. La consigna propone la escritura de un sueño, pero Alejandro no cumple con la consigna. En cambio, me cuenta: “Soñé que Javier Portales se había muerto y no lo velaban ni nada (ninguno de los rituales que se realizan en esa ocasión). Lo habían dejado solo en una habitación. Y yo estaba con él, a su lado.”. Cuando le pregunté qué asociaba con el sueño, me dijo que a él le encantaba Alberto Olmedo (Cayó desde una altura. Alejandro tiene mucho miedo a caer).  Dice Jung, en Símbolos de Transformación : El miedo a la vida no es un fantasma imaginario, sino un pánico muy auténtico...El miedo parece provenir de la madre, pero en realidad, es el miedo a la muerte propia del hombre instintivo, inconsciente, que se excluye de la vida manteniéndose apartado de ella... La imago materna representa a lo inconsciente, cuya necesidad vital es estar unido a la conciencia, así como para esta es indispensable no perder la vinculación con lo inconsciente...El problema consiste en la integración de lo inconsciente...He llamado a [esta integración] proceso de individuación.

 Alejandro me contó, una de las primeras veces que nos vimos, que de su infancia recordaba un viaje en auto con sus padres. Él estaba en el asiento de atrás, de espaldas a ellos. Miraba por la ventanilla los autos y, en ellos, reconocía formas que le recordaban animales. Tal vez, en este momento, aquel niño imaginativo haya podido darse vuelta y mirar de frente a sus padres. Tal vez aquel niño, hoy más crecido, pueda mirar de frente a quienes considera responsables de su dolor, de sus heridas. Tal vez, él pueda  encontrar en la escritura  el modo de contar su herida una y otra vez hasta que no duela...

Decía Rubén Kanalestein, especialista en cábala, que a los niños se les cuentan cuentos para que duerman y a los adultos les contamos historias – yo agregaría: “en imágenes, a veces también” – para que despierten.  En eso está Alejandro. Por el momento, está desperezándose.